
De higos a brevas, un niño de la Córdoba de los años 60, pillaba alguna que otra perra gorda o juntaba perrillas hasta llegar a los dos reales. Con ellos, casi sin dudar porque no había, afortunadamente, tanta oferta, un pequeño grupo de vecinos de la misma casa, todos en pantalón corto, nos dirigíamos a la “arropiera” (2), que era como llamábamos a la persona que en un pequeño tenderete vendía las golosinas, “quiquis” (3) y altramuces, pero nosotros, porque podíamos, pedíamos chochos, no altramuces.
Luego, ya más de mayor, cuando uno empieza a leer, descubrí que unos siglos más atrás, el mismísimo D. Luis de Góngora, poeta cordobés y admirado por todos los grandes poetas del siglo XX (y ojalá de los venideros), disfrutaba con los chochos, en compañía de su hermana, como yo y mis vecinos de casa.
Y como aquellos chochos me dieron placer, como estos de hoy y de ayer…he querido compartir el recuerdo.
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dáranos un cuarto
mi tía la ollera.
Compraremos de él,
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda. (.../)
(Romance de la Hermana Marica, de don Luis de Góngora)
(1) Nombre popular que se le da a los altramuces una vez preparados para comer (otro día, si a alguien le interesa, le cuento cómo hacerlos).
(2) Puesto de chucherías y demás alicientes infantiles.
(3) Golosina consistente en un pequeño caramelo casero, quizá precursor del chupa-chups, que tenía un trocito de azúcar multicolor ensartado por un palillo de dientes.

















