
El viejo estaba sentado en su viejo sillón. Nada perturbaba su sueño de ojos abiertos. Ningún ruido alteraba su descanso, siempre merecido.
El tiempo pasaba sin estridencias ante su tierna mirada.
Sobre las arrugas sinuosas de sus manos, a veces se detenía un insecto impertinente, pero ni eso lo enfadaba. Con un suave movimiento lo espantaba y el bicho comprendía.
Su mirada no buscaba la novedad del pájaro recién posado en la rama del naranjo cercano. Ni siquiera esa hilera de hormigas que dibujaban carreteras interminables sobre la tierra seca. Ni el coche silencioso que pasaba por el camino estrecho, próximo a su casa. Ni el reactor que surcaba el cielo dejando su estela de humo camino de algún aeropuerto, seguro lejano.
Su mirada recorría el espacio exterior, pero casi siempre miraba hacia adentro. Y como en una sala de cine, proyectaba en la pantalla de su alma recuerdos, silencios, ruidos, caras y cuerpos... de su pasado.
El viejo vivía feliz contemplando a la vez que se sentía acariciado por la brisa de la vida que, regalándole momentos, cariñosamente lo contemplaba. Esa brisa y su sillón eran los únicos hilos que lo unían a ese otro mundo en el que él antes tanto había trabajado, tanto disfrutado, tanto sufrido...
Ahora, a sus más de 80 años, sólo quiere estar sentado en su viejo sillón, seguir recibiendo el dulce regalo de la vida y releer los pasajes de los recuerdos escritos y guardados en su memoria. Y…quizá, que alguna mano amiga le acaricie su frente o, tal vez, que una voz cercana llena de cariño, lo abrace incluso con silencios.
(Si le temo a los renglones cortos, más le temo a los largos, pero hoy, después de haber saboreado unos cuantos de altramuces, me sentí valiente, así que para algo sirven los chochos).